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¿Qué es en verdad lo justo?

  • 15 abr 2020
  • 3 min de lectura

Actualizado: 20 ene 2022

Escrito inspirado en Josué 20:1-9 y las leyes sobre el homicidio encontradas en la Torá.


Yo solía pensar que la justicia implicaba castigar al culpable sin reparos adicionales, pues el culpable debería pagar y no se necesitaba mayor explicación sobre sus males. Pensaba que el culpable era digno del castigo por cuanto causó daño y para eso no hay reparo. Sin embargo, ahora entiendo que no comprendía, que en ocasiones sí hay explicación de los hechos. Ahora sé, que aplicar justicia también implica, que antes de castigar al reo se busque la razón de los hechos, y que los accidentes de la vida, te pueden dejar en jaque mate por cuanto mataste sin previo aviso antes, lo cual parece injustificable hasta que tú eres el culpable y digno de ser castigado por las leyes penales.


Esto lo aprendí cuando conocí, que en el pueblo de Israel terminar con la vida de alguien, te hacia digno de morir a manos de un vengador de sangre. Pero, que la justicia de Dios también se reveló al proteger a quien sin mala intención sangre derramó. ¿Cómo puede alguien acabar con la vida de su prójimo sin planearlo antes? Me preguntaba yo, mientras trataba de entender el por qué Dios, dio amnistía a quien acabó con la vida de alguien. Dios mandó a su pueblo a dar refugio a quien sin intensión mató a su compañero, porque, aunque debía morir a causa de sus actos no lo merecía según la ley del Antiguo Testamento. Solo era digno de muerte quien lleno de odio, malas intenciones o enemistad, acabó con la vida de su prójimo y compañero, pero no así, a quien se le atravesó la desgracia y sin intención ni odios de por medio se convirtió en un posible muerto.

Esta ley de amnistía tenía el propósito de no profanar la tierra a causa de acabar con vidas. Una ley que, si lo pienso bien, tiene sentido también para el pueblo colombiano, cuya nación profesa ser una tierra querida himno de fe y armonía, y que su suelo es un canto de la vida. Pero que, en realidad es un suelo profanado por miles de asesinatos injustificados y un derramamiento de sangre no imaginado, donde carece la fe y la armonía. Una nación llena de víctimas y victimarios y peor aún, una nación con muchas víctimas convertidas en victimarios.


Meditando en lo anterior, me preguntaba yo ¿Qué hacer entonces, con quienes han sido víctimas del reclutamiento forzado por grupos armados ilegales para fortalecer sus tropas de combate? ¿Qué hacer con aquellos a quienes entrenaron y adoctrinaron para ser victimarios en medio de este cruel y desafortunado conflicto? ¿qué pediríamos tú y yo si estuviéramos en las botas y en los camuflados a los que miles de niños y adolescentes fueron obligados a usar por años? Es cierto, sus actos ilegales que fueron forzados a cometer, los convirtió en objetivos de persecución penal y hasta de muerte en combate, pero no por ello merecedores de tal castigo, como si fueran victimarios mal intencionados.


Pero no, no así piensan muchos colombianos, quienes han sido resistentes a la posibilidad de paz en nuestra patria querida, exigiendo que los victimarios no tienen más derecho que, ser castigados por el sistema penitenciario. Somos un país que se muestra indiferente ante el incumplimiento del proceso de paz y que rechaza a cualquiera que haya pertenecido a los grupos insurgentes. Sin pensar que, tal actitud es solo la manifestación del pobre sentido de justicia que sigue ahogando con más sangre a nuestra tierra querida. Y con esto debo decir que, lo justo siempre será entender que miles de victimarios antes de hacer daño, fueron víctimas de reclutamiento forzado, quienes probablemente no cometieron sus actos por tener odio, ni rencor ni enemistad de ante mano.


Es esta realidad, la que nos deja la responsabilidad como colombianos de promover las leyes de amnistía para salvar y proteger vidas, abogando por la protección de esta población brindada por el Estado mediante los programas de rendición y desmovilización. Para con ello, poder evitar que en Colombia continuemos profanando nuestro suelo con el derramamiento de sangre absurdo y sin sentido y así podamos vivir como se canta en la canción, un himno de fe y armonía, para que nuestro suelo se convierta de verdad, en un canto de la vida.

-Daniela Vallejo Toro-





 
 
 

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